La cuerda que me da miedo soltar: cuando sabemos que necesitamos cambiar.

En ocasiones sabemos que hay algo que ya no encaja con la persona que somos hoy, que ya no encaja con nuestra vida actual o con la vida que queremos construir, pero aun así nos cuesta muchísimo soltarlo.

Puede ser un trabajo, una relación, un proyecto, una ciudad, una forma de vivir o incluso una idea que durante mucho tiempo tuvimos sobre nosotras mismas.

Sabemos que algo necesita cambiar, pero o no sabemos exactamente qué es. O, si lo sabemos, tomar la decisión de soltarlo no nos resulta tan sencillo.

Porque una cosa es saber que algo ya no se siente igual y otra muy distinta es atreverse a soltarlo.

Mujer reflexionando frente al mar antes de tomar una decisión

Cuando sabes que algo ya no encaja, pero no consigues soltarlo

Hace unos días estaba tomando un café con unas amigas.

Ya sabes... de esas conversaciones que empiezan hablando de cualquier cosa y, sin darte cuenta, terminan hablando de cosas mucho más profundas.

En algún momento empezamos a hablar de lo difícil que puede ser tomar decisiones cuando sabemos que algo ya no funciona como antes.

Una hablaba de su trabajo.

Otra de su relación.

Otra de mudarse a otra ciudad.

Otra de un proyecto.

Eran historias diferentes, y al mismo tiempo con algo en común: todas parecíamos estar sosteniendo algo que, de una forma u otra, ya no terminaba de cuadrar en nuestra vida.

Llevo varias semanas dándole vueltas a dos decisiones importantes.

No voy a entrar en detalles porque, en realidad, no son lo más importante.

Lo que me interesa es compartir contigo lo que ocurre dentro de mi cabeza cuando sé que necesito tomar una decisión, pero no logro encontrar la tranquilidad suficiente para hacerlo.

Porque es muy probable que estés pasando por algo parecido o lo hayas experimentado antes.

Hay días en los que siento que ya sé lo que quiero hacer.

Lo tengo claro.

Y al día siguiente vuelvo a dudar.

Una parte de mí quiere quedarse porque ahí se siente segura.

Otra sabe que seguir donde está también tiene un coste.

Una quiere dar el salto.

Y otra no deja de recordarme todo lo que podría salir mal.

La verdad es que esa conversación interna puede llegar a ser agotadora.

Porque llega un punto en el que ya no sabes si lo que sientes es miedo, intuición, prudencia... o simplemente mucho ruido interno.

El miedo y la desesperación también influyen en cómo tomamos decisiones

Hay algo de lo que me he dado cuenta durante estas últimas semanas y es que no todas las decisiones se toman desde el mismo lugar.

Hay decisiones que tomamos desde la calma.

Y hay otras que queremos o necesitamos tomar simplemente porque ya no aguantamos más estar dentro de esa situación.

Cuando llevas mucho tiempo viviendo algo que te pesa, te desgasta o simplemente ya no se siente como antes, llega un momento en el que quieres salir de ahí lo más rápido posible y como sea.

Y eso es completamente comprensible.

Pero a veces no queremos tomar una decisión porque tengamos claro cuál es el siguiente paso.

Queremos tomarla porque estamos cansadas.

Porque estamos desesperadas.

Porque queremos dejar de sentirnos como nos estamos sintiendo.

Y tanto el cansancio como la desesperación pueden hacernos creer que cualquier cambio será mejor que quedarnos donde estamos, pero no siempre es así. Como siempre digo, todo depende del contexto.

Últimamente me he repetido muchas veces una frase:

La desesperación no es buena consejera.

No significa que tengamos que esperar eternamente a sentirnos bien o listas para tomar una decisión.

Eso pocas veces ocurre.

Hay situaciones en las que necesitamos actuar rápido y no siempre tenemos la posibilidad de esperar.

Pero cuando sí podemos darnos un poco de tiempo, creo que vale la pena hacerlo.

No para encontrar la decisión perfecta.

Sino para dejar que baje un poco el ruido.

Porque cuando todo dentro de ti está gritando al mismo tiempo, es muy difícil escuchar qué necesitas de verdad.

A veces no nos cuesta soltar la situación, sino todo lo que representa.

Cuando dejé de intentar encontrar una respuesta inmediata, empecé a hacerme otro tipo de preguntas.

Ya no eran solamente preguntas sobre qué decisión debía tomar.

Eran preguntas sobre mí. Preguntas un poco más profundas y, también, un poco incómodas.

¿Por qué me estaba costando tanto soltar?

¿Qué era exactamente lo que estaba intentando sostener?

¿Era realmente esa situación en concreto?

¿O era todo lo que esa situación significaba para mí?

Porque empecé a darme cuenta de algo:

Muchas veces no nos cuesta soltar la situación en sí.

Nos cuesta soltar todo lo que hemos construido alrededor de ella.

A veces estamos sosteniendo una identidad.

La idea de quién creíamos que íbamos a ser.

O quién pensábamos que teníamos que ser.

O una promesa que nos hicimos hace años.

Una expectativa sobre cómo imaginábamos que sería nuestra vida.

O una versión de nosotras mismas que durante mucho tiempo tuvo sentido, pero que hoy ya no encaja con la persona en la que nos estamos convirtiendo.

Y otras veces lo que más pesa no es soltar.

Es pensar que cambiar de rumbo significa que nos equivocamos.

Que todo el tiempo que invertimos no sirvió para nada.

Que todo el esfuerzo fue en vano.

Que no cumplimos nuestra palabra.

Que nos fallamos a nosotras mismas.

Y esa idea pesa muchísimo. Especialmente esa sensación de habernos defraudado, aunque no necesariamente sea cierto.

A veces confundimos soltar con borrar.

Creo que aquí hay algo importante que pocas veces nos permitimos pensar.

A veces confundimos soltar con borrar.

Como si cambiar de rumbo significara que todo lo que vivimos antes deja de tener sentido.

Como si elegir algo diferente hoy convirtiera automáticamente en un error todo lo que elegimos ayer.

Pero no necesariamente es así.

Que hoy quieras algo diferente no significa que lo que quisiste antes haya sido un error.

Que una relación termine no significa que todo lo vivido haya sido una pérdida de tiempo.

Que dejes un trabajo no significa que los años que pasaste allí no te hayan aportado nada.

Que abandones un proyecto no significa que todo el esfuerzo haya sido inútil.

Y que cambies de dirección tampoco significa que hayas fracasado.

A veces soltamos cosas buenas. Simplemente porque hemos cambiado.

Y creo que, aunque de una u otra forma lo sabemos, son cosas difíciles de aceptar.

Porque estamos acostumbradas a pensar que solamente deberíamos dejar algo cuando no es lo mejor para nosotras.

Pero no siempre funciona así.

Hay cosas que pueden haber sido buenas.

Pueden habernos hecho felices.

Pueden habernos enseñado muchísimo.

Pueden haber sido exactamente lo que necesitábamos en una etapa de nuestra vida.

Y aun así, llega un momento en el que ya no encajan.

Porque nosotras tampoco somos las mismas. Porque hemos cambiado. Porque hemos evolucionado.

Que algo haya sido importante en tu vida no necesariamente significa que tenga que acompañarte toda la vida.

Y quizá tampoco necesitamos convertir el pasado en un error para poder avanzar.

Porque hay etapas y situaciones que no llegan para quedarse.

Llegan para transformarnos.

Y eso también les da sentido (aunque muchas veces no lo podamos ver enseguida).

Cuando el pasado y el futuro hablan al mismo tiempo.

Creo que muchas veces no nos cuesta tomar una decisión porque no sepamos qué hacer.

Nos cuesta porque tenemos demasiado ruido interno.

Y ese ruido muchas veces viene de dos lugares: del pasado y del futuro.

El pasado nos recuerda todo lo que hemos vivido.

Las veces que nos equivocamos. Nuestros errores.

Las promesas que hicimos.

Las decisiones que tomamos.

Las creencias con las que crecimos.

Las expectativas que teníamos sobre cómo se suponía que debía verse nuestra vida.

Y después está el futuro.

Con todas esas preguntas e inquietudes que aparecen cuando tenemos miedo a equivocarnos:

¿Y si me arrepiento?

¿Y si todo sale mal?

¿Y si después me doy cuenta de que debería haberme quedado?

¿Y si tomo la decisión equivocada?

Y quizá por eso nos cuesta tanto soltar.

Porque estamos escuchando demasiado al pasado y al futuro...

y muy poco al presente.

El pasado puede enseñarnos y ser una especie de guía, pero ese miedo que muchas veces lo acompaña no puede tomar la decisión por nosotras.

Y el futuro puede abrir muchas posibilidades, pero tampoco sabemos cómo será.

Al final, el presente es el único lugar desde el que realmente podemos decidir porque está ahí, lo vemos, lo sentimos y es lo que estamos viviendo en este momento.

Quizá la pregunta no sea cuál es la decisión correcta.

Durante semanas mi pregunta fue:

¿Cuál es la decisión correcta?

Hasta que me empecé a hacer una pregunta muy diferente también con cierto grado de incomodidad:

¿Confío lo suficiente en mí como para manejar las consecuencias de cualquiera de las dos decisiones?

Porque quizá el problema no siempre es no saber qué puede pasar.

A veces el verdadero miedo está en pensar que, si nos equivocamos, no vamos a ser capaces de enfrentar lo que venga después. Es no confiar lo suficiente en nosotras.

Pero si miramos hacia atrás, te aseguro que la vida ya nos ha puesto muchas veces en situaciones que no esperábamos, que nunca habríamos elegido.

Momentos en los que no teníamos todas las respuestas.

Y, de una forma u otra, hemos encontrado la manera de seguir adelante.

No porque supiéramos exactamente qué hacer.

Sino porque fuimos descubriendo las respuestas en el camino.

Y creo que ahí hay una forma diferente de entender la confianza.

No necesitas saber qué va a pasar. Necesitas confiar en que sabrás manejarlo cuando pase. En que sabrás encontrar los recursos necesarios.

¿Y si sale bien?

Hay otra cosa que me he dado cuenta de que hacemos constantemente cuando tenemos miedo a tomar una decisión.

Imaginamos todos los escenarios negativos.

¿Y si me equivoco?

¿Y si me arrepiento?

¿Y si todo sale mal?

Pero casi nunca nos preguntamos:

¿Y si sale bien?

¿Y si esa decisión termina llevándome a un lugar mucho mejor del que hoy soy capaz de imaginar?

¿Y si esta decisión me abre puertas en lugar de cerrarlas?

¿Y si dentro de unos años entiendo que este momento que tanto miedo me da era exactamente el que necesitaba vivir?

No se trata de vivir en el positivismo tóxico.

Simplemente se trata de recordar que el futuro tiene más posibilidades de las que nuestra mente suele mostrarnos cuando tenemos miedo.

Quizá la confianza no consiste en saber que todo va a salir bien.

Quizá consiste en recordar tres cosas:

Que todo puede pasar.

Que si sale mal, vamos a encontrar la manera de seguir adelante.

Y que si sale bien, quizá descubramos una vida que hoy todavía no somos capaces de imaginar.

Mujer mirando el horizonte durante un momento de reflexión

La historia de la cuerda.

Y mientras le daba vueltas a todo esto, me acordé de un cuento que escuché hace tiempo.

Es la historia de un montañero que decidió escalar una montaña.

Conforme avanzaba, empezó a oscurecer.

El viento era cada vez más fuerte.

La temperatura bajaba.

La niebla se hacía cada vez más densa.

Pero aun así el montañero decidió continuar.

Hasta que, de pronto, perdió el equilibrio y cayó por un precipicio.

La caída fue tan rápida que apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Pero, por suerte, la cuerda que llevaba atada a la cintura quedó enganchada en una roca.

Y ahí se quedó.

Suspendido en medio de la oscuridad.

Con las manos congeladas y aferradas a la cuerda.

Él estaba convencido de que esa cuerda era lo único que podía mantenerlo con vida.

Desesperado, gritó:

—¡Dios, ayúdame!

Y entonces escuchó una voz que le respondió:

—¿De verdad confías en mí?

—Sí, claro que confío —contestó el montañero.

Y la voz respondió:

—Entonces... corta la cuerda.

El montañero se quedó petrificado con la respuesta que recibió.

No podía ver absolutamente nada.

No sabía qué había debajo.

Y decidió no hacerlo.

Se quedó aferrado a la cuerda durante toda la noche.

A la mañana siguiente, el equipo de rescate encontró su cuerpo.

Había muerto de frío.

Y seguía sujetando la cuerda.

Lo triste de esta historia es que el suelo estaba a menos de dos metros de él.

La primera vez que escuché este cuento me impresionó mucho.

No solamente por el final.

Sino por la propia cuerda.

Porque mientras lo escuchaba no dejaba de pensar en todas las veces que yo también me he aferrado a algo porque creía que era lo único que podía sostenerme.

Cuando, en realidad, quizá también era lo que me mantenía suspendida y paralizada en el mismo lugar.

Y creo que, en mayor o menor medida, todas hemos estado ahí alguna vez.

¿La cuerda me está sosteniendo o me está reteniendo?

Esa cuerda puede ser muchas cosas.

Una relación.

Un trabajo.

Un proyecto.

Una situación.

Una forma de vivir.

Una creencia.

Una expectativa.

O incluso una vida que durante mucho tiempo sí tenía todo el sentido del mundo, pero que hoy ya no encaja con la persona que somos.

Y creo que esa es la parte más difícil.

Porque llega un momento en el que ya no sabemos si esa cuerda nos está dando seguridad realmente...

o simplemente no nos está dejando movernos.

Y ahí aparece una pregunta que me parece mucho más interesante que intentar descubrir cuál es la decisión correcta:

¿Cuánto tiempo más quiero seguir aferrándome a una cuerda que ya no sé si me está sosteniendo o me tiene suspendida en el mismo lugar?

No creo que esta historia solamente hable de soltar.

Ni creo que cambiar siempre sea la respuesta.

Creo que también habla de algo mucho más humano: de lo difícil que es confiar cuando no podemos ver lo que tenemos delante.

Porque el montañero nunca supo que el suelo estaba tan cerca.

Y nosotras tampoco podemos ver cómo será nuestra vida después de una decisión importante.

No sabemos exactamente qué pasará cuando dejemos un trabajo.

Cuando terminemos una relación.

Cuando cambiemos de ciudad.

Cuando abandonemos un proyecto.

Cuando dejemos atrás una versión de nosotras mismas.

Y quizá por eso nos aferramos.

Porque lo conocido, incluso cuando ya no nos hace bien, sigue pareciendo más seguro que aquello que no podemos ver.

Mujer contemplando las montañas durante una caminata

No todo lo que dejamos atrás fue un error.

Mientras escribo este artículo, esas dos decisiones de las que te hablé al principio siguen ahí.

Todavía no las he tomado.

Y, curiosamente, ya no siento la misma desesperación por encontrar la respuesta perfecta.

No porque ya no tenga miedo.

Ni porque de pronto tenga la certeza de que todo va a salir bien.

Lo que cambió fue la forma en la que estoy viviendo este proceso.

Estoy intentando confiar un poco más en mí.

En las herramientas que hoy tengo.

En mis capacidades.

Y en que, pase lo que pase, voy a encontrar la manera de seguir adelante.

Creo que tomar una decisión no siempre significa estar completamente segura.

A veces simplemente significa aceptar que nunca vamos a tener todas las respuestas.

Y eso también está bien.

Porque la vida cambia.

Y nosotras también.

Quizá por eso una decisión que tenía todo el sentido hace cinco años hoy ya no lo tiene.

Y eso no convierte aquella decisión en un error.

Tampoco significa que hayamos perdido el tiempo.

Simplemente significa que hemos cambiado.

Y creo que también tenemos que darnos permiso para eso.

Para cambiar de opinión.

Para cambiar de rumbo.

Para dejar ir algo que fue importante.

Para reconocer que algo fue bueno y, aún así, aceptar que ya no es para nosotras.

Porque no todo lo que fue correcto para una versión de ti tiene que seguir siéndolo para la persona que eres hoy.

No quiero terminar este artículo dándote una respuesta.

Más bien quiero dejarte con la misma pregunta que me estoy haciendo yo.

No para que la respondas ahora si no quieres.

Ni para encontrar una solución hoy.

¿Cuál es la cuerda que hoy te da miedo soltar?

A veces una buena pregunta no nos da la respuesta inmediatamente.

Pero sí puede ayudarnos a empezar a ver las cosas desde una perspectiva distinta.

Y quizá eso sea suficiente por ahora.

Nos leemos pronto. ❤️

🎙️ ¿Prefieres escuchar esta reflexión?

Si quieres profundizar en esta conversación, puedes escuchar el episodio 10 de A solas y en calma: “La cuerda que me da miedo soltar”.

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