El día que dejé de esperar otra vida.
Hay momentos en los que, desde fuera, aparentemente todo en nuestra vida está igual y nada ha cambiado.
Pero algo dentro de ti ya no es igual.
Tal vez todavía no sabes qué significa. Tal vez ni siquiera sabes ponerle un nombre.
Solo sabes que algo se siente diferente.
Que tú te sientes diferente.
Durante mucho tiempo podemos vivir esperando que nuestra vida cambie para empezar a sentirnos de otra manera.
Esperamos otro trabajo. Mudarnos a otro lugar. Iniciar una nueva relación. Ganar más. Tener más tiempo. Una oportunidad. Un nuevo comienzo y un largo etc.
Pensamos que cuando eso ocurra, entonces estaremos tranquilas.
Por fin podremos disfrutar.
Sentiremos que estamos exactamente donde queremos estar.
Y sentiremos paz.
Pero ¿qué pasa cuando un día te das cuenta de que sigues viviendo prácticamente la misma vida… y, sin embargo, algo dentro de ti ha cambiado?
A mí me ocurrió una mañana común y corriente.
Y la verdad me tardé un poco en entender lo que estaba pasando.
El día que algo cambió sin que mi vida cambiara.
Era una mañana de lo más normal.
Iba caminando hacia el trabajo por el mismo camino de siempre. La misma rutina. El mismo lugar. Nada especial.
Y, sin embargo, me acuerdo perfecto haber sentido algo de una forma muy consciente:
Era tranquilidad.
Esa sensación de estar bien.
No porque mi vida estuviera resuelta, ni porque fuera perfecta.
No porque de repente me gustara todo lo que estaba viviendo.
No porque hubiera tomado una gran decisión.
Simplemente estaba allí, caminando, y por primera vez en mucho tiempo sentí que no necesitaba que ese momento fuera diferente.
Fue como ir caminando más ligera.
Y esa sensación se quedó un buen rato conmigo.
Conforme iban pasando los días empecé a darme cuenta de que no era mi vida lo que estaba cambiando.
Lo que estaba cambiando era mi relación con ella.
Y eso empezó a modificar muchas cosas.
Empecé a sentir que mis prioridades estaban cambiando.
Algo como la estabilidad y el crecimiento en términos económicos siguen siendo importantes para mí.
Pero ya no quiero conseguirlo a cualquier precio.
Empecé a valorar mucho más la tranquilidad, disfrutar de mi vida, tener espacio para mí y sentir que lo que hago tiene sentido.
También empecé a reconocer que algunas cosas que durante años había considerado parte de mi camino ya no encajaban conmigo.
Y eso me llevó a una pregunta un poco incómoda:
¿Y si el problema no era que mi vida estuviera mal, sino que yo ya había cambiado?
Cuando dejamos de pelear con nuestro presente.
Creo que muchas veces no nos damos cuenta de la cantidad de energía que se nos va intentando que nuestra realidad sea diferente.
No necesariamente porque nuestra vida sea mala.
Sino porque sentimos que debería ser otra.
Deberíamos estar en otro lugar.
Deberíamos haber conseguido esto o lo otro.
Deberíamos tener una relación.
Deberíamos ganar más dinero.
Deberíamos saber qué queremos hacer de nuestra vida.
Deberíamos haber avanzado más.
Y poco a poco empezamos a negociar permanente con nuestra propia vida.
"Cuando consiga esto, estaré bien."
"Cuando cambie aquello, podré disfrutar."
"Cuando se resuelva esto otro, entonces empezaré."
Cuando, cuando, cuando…
El problema es que mientras esperamos ese momento, estamos viviendo el presente como si fuera una sala de espera.
Y me he dado cuenta de que ahí hay mucho desgaste tanto físico, como mental y emocional.
Un desgaste que puede robarnos el espacio para vivir, disfrutar o simplemente ser conscientes de lo que tenemos hoy.
Porque podemos estar tan ocupadas intentando llegar a otra versión de nuestra vida que dejamos de estar presentes en la que tenemos.
Y así, sin darnos cuenta empezamos a entrar en una dinámica en donde nos la vivimos resistiéndonos y peleándonos con nuestro presente.
Y quizá no siempre las cosas que más nos agotan sean nuestras circunstancias.
Sino nuestra lucha constante contra lo que simplemente es.
Aceptar tu presente no significa conformarte.
Aquí hay algo que para mí ha sido importante reconocer y diferenciar.
Aceptar no significa resignarse.
Aceptar tu presente no significa decir:
"Esto es lo que hay y me tengo que conformar."
Tampoco significa abandonar tus sueños, tus metas o dejar de querer cambiar lo que no quieres para ti y para tu vida.
Puedes ver tu realidad y decir:
"Esto es lo que está ocurriendo ahora."
Y al mismo tiempo también puedes decir:
"Quiero que mi vida sea diferente."
Las dos cosas pueden coexistir.
De hecho, quizá aceptar dónde estás sea precisamente lo que necesites para empezar a ver con claridad hacia dónde quieres ir.
Porque mientras estamos luchando contra nuestra realidad, toda nuestra energía está puesta en negar lo que es.
Yo me di cuenta que cuando dejamos de hacerlo, nosotras mismas creamos un espacio.
Un espacio que podemos utilizar para observar (nos).
Para escuchar (nos).
Para preguntarnos qué queremos realmente.
Y también para empezar a reconocer qué ha cambiado dentro de nosotras.
¿Y si ya no eres la persona que hizo aquellos planes?
Hay otra parte de este proceso que me ha costado un poco:
Y es aceptar que puedo cambiar de opinión.
Quizás puede parecer una tontería y tal vez a ti también te pase, pero durante mucho tiempo pensé que cambiar de opinión era fracasar.
Era una forma de traicionarme.
Si había decidido algo, sentía que tenía que mantenerlo.
Si había imaginado una determinada vida para mí, tenía que conseguirla.
Como si cambiar de dirección significara reconocer que me había equivocado.
Pero quizá no siempre es así.
Quizá simplemente la persona que hizo aquellos planes ya no es exactamente la misma que eres hoy.
Y eso no significa que las decisiones que tomaste antes hayan sido un error.
En aquel momento tenían sentido para ti.
Por la persona que eras, por lo que necesitabas, por lo que conocías y por lo que podías imaginar o visualizar para ti en ese momento.
Pero la vida cambia.
Nosotras cambiamos.
Nuestros valores pueden cambiar.
Nuestras necesidades y prioridades pueden cambiar.
Nuestra idea de lo que significa estar bien puede cambiar.
Y llega un momento en el que tenemos que decidir si seguimos siendo fieles a un plan antiguo con el que ya no conectamos o empezamos a ser fieles a la persona en la que nos estamos convirtiendo, a lo que nuestra alma nos está pidiendo.
Porque seguir sosteniendo una vida que ya no encaja contigo solo porque un día prometiste que ese sería el plan…también tiene un costo.
La paz puede llegar antes que las respuestas.
Quizá esta sea una de las cosas que más me ha sorprendido en estos días.
Durante mucho tiempo pensé que primero tenía que solucionar mi vida para poder sentir paz.
Primero tenía que saber qué quería.
Después tenía que tomar una decisión.
Después tenía que saber cuál sería el siguiente paso.
Y entonces podría estar tranquila.
Pero me estoy dando cuenta de que quizás no funciona así necesariamente.
Creo que se trata de lograr encontrar paz aun y cuando no estamos del todo contentas con lo que hoy tenemos.
Lo que me lleva a preguntarme si, en realidad, la paz empieza cuando cambia la forma en la que nos relacionamos con nuestra vida.
Cuando dejamos de exigirle que sea diferente para poder sentirnos bien.
Cuando dejamos de pensar que necesitamos tener todas las respuestas antes de avanzar.
Cuando podemos decir:
"No sé exactamente qué viene después."
Y, aun así, estar bien aquí.
Eso no significa que no haya miedo.
No significa que la incertidumbre desaparezca.
Significa que ya no necesitamos resolver todo inmediatamente para poder seguir viviendo.
Quizá no estás perdida. Quizá sólo estás cambiando.
Hay momentos en los que no reconocemos nuestra propia vida.
Momentos en los que ni siquiera nos reconocemos a nosotras mismas.
Los planes que antes nos ilusionaban ya no lo hacen.
Algunas cosas que antes tolerábamos ahora nos pesan demasiado.
Lo que antes queríamos conseguir de pronto deja de ser lo más importante.
Y todavía no sabemos qué es lo que queremos.
Es una etapa extraña, incómoda.
Porque ya no eres exactamente quien eras, pero todavía no sabes en quién te estás convirtiendo o quién quieres ser.
Y es muy fácil interpretar este momento como fracaso.
Sentir que estamos perdidas.
Sentir que estamos retrocediendo.
Pero quizá no es eso.
Tal vez simplemente estamos atravesando por una transición.
Una etapa en la que todavía no tenemos todas las respuestas porque la nueva versión de nuestra vida todavía se está formando.
Y quizá no necesitamos empezar de nuevo.
Quizá necesitamos hacer espacio.
Espacio para escuchar.
Para observar.
Para probar.
Para cambiar de opinión.
Para permitirnos descubrir qué queremos ahora.
Sin tener que justificar constantemente por qué ya no queremos lo mismo que queríamos antes.
No fue mi vida la que cambió primero.
No creo que el momento en el que iba caminando hacia el trabajo el otro día fuera importante porque mi vida hubiera cambiado de inmediato.
Creo que fue importante porque empecé a relacionarme de otra manera con ella.
A verla desde otra perspectiva.
Y siento que ese espacio del que te hablaba antes está ahí.
Hay decisiones que sé que voy a tomar.
Caminos que ya decidí dejar atrás.
Otros que todavía no sé si seguiré o no.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no siento que necesite saberlo todo en este momento.
Quizá el problema era creer que necesitaba tener todas las respuestas antes de seguir adelante.
Pero pienso que más bien es caminar con todo y la incertidumbre e ir descubriendo respuestas sobre la marcha.
Quizá no necesitas empezar de nuevo.
A veces creemos que para cambiar nuestra vida tenemos que empezar de cero.
Tener un plan completamente nuevo.
Convertirnos en otra persona.
Pero tal vez no.
Porque todo lo que hemos vivido sigue formando parte de nosotras.
Las decisiones que tomamos.
Las relaciones que tuvimos.
Los caminos que recorrimos.
Los errores.
Los aprendizajes.
Las versiones anteriores de nosotras mismas.
No tenemos que borrarlas para seguir adelante.
Podemos simplemente dejar de exigirnos seguir siendo las personas que éramos antes.
Y quizá eso sea también una forma de empezar.
No desde cero.
Sino desde todo lo que ya somos, desde la experiencia.
Tal vez solo estás dejando de exigirle a la vida que sea distinta.
No sé exactamente qué va a pasar en mi vida.
Y, curiosamente, ya no necesito saberlo tanto como antes aunque no te voy a negar que aún hay incertidumbre.
Sigo teniendo sueños.
Sigo teniendo planes.
Sigo queriendo crecer, cambiar cosas y construir una vida que tenga sentido para mí.
Pero ahora quiero hacerlo desde otro lugar.
No desde la desesperación.
No desde la sensación de que mi vida actual está mal, o es un caos y tengo que escapar de ella.
Sino desde la posibilidad de reconocerla, vivirla y escuchar qué me está queriendo decir.
Creo que a veces los cambios no necesariamente empiezan cuando tomamos una gran decisión.
A veces empiezan mucho antes.
En una mañana cualquiera.
Con una sensación que no sabemos muy bien cómo explicar.
En el momento en el que dejamos de pelear con nuestro presente.
En el momento en el que algo dentro de nosotras dice:
"Hoy acepto lo que es. Y aun así quiero algo diferente."
Nos leemos pronto ♥️
Ailed
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Si quieres profundizar en esta conversación, puedes escuchar el episodio 11 de A solas y en calma: “El día que dejé de esperar otra vida”.