Mirar nuestras relaciones con otros ojos.
Hay amistades que llegan tan temprano a nuestra vida que terminamos creyendo que siempre van a estar ahí, que son amistades para toda la vida.
Las conocemos cuando somos pequeñas, crecemos juntas, compartimos momentos importantes y, con el paso de los años, esas personas se convierten en parte de nuestra historia.
Por eso, cuando una amistad importante termina, puede ser difícil entender qué pasó y, especialmente, procesar eso que haya pasado.
Y quizá lo más doloroso no sea solamente perder a esa persona, sino quedarnos con muchas preguntas y pocas respuestas.
Alguna vez estuve ahí y durante mucho tiempo pensé que, si lograba entender qué había hecho mal o en qué había fallado, tal vez el dolor desaparecería y podría seguir adelante más fácilmente.
Pero, como suele pasar, las respuestas no siempre llegan.
Y a veces, lo que finalmente nos ayuda a avanzar no es precisamente encontrar una explicación, sino encontrar una forma diferente de ver y entender lo que vivimos.
El duelo que no siempre reconocemos.
No sé si te ocurra a ti, pero antes yo relacionaba el duelo con la muerte de alguien, tal vez de algún ser querido. Pero en terapia aprendí que podemos vivir un duelo por muchas más razones. Aprender esto me cambió la perspectiva de muchas cosas.
Podemos vivir un duelo cuando termina una relación, cuando una etapa de nuestra vida cambia o termina, cuando un proyecto no sale como esperábamos o incluso cuando dejamos atrás una versión de nosotras mismas. Lo que sea que para nosotras represente una pérdida.
Y, por supuesto, cuando perdemos una amistad.
Sin embargo, por alguna razón muchas veces sentimos que no tenemos el mismo permiso para duelar una amistad que otro tipo de relación.
Como si no fuera una pérdida "de verdad", como si no fuera “para tanto”.
Pero lo es.
Porque una amistad no solo forma parte de nuestra vida cotidiana, también forma parte de nuestra identidad y de nuestra historia.
Y cuando esa amistad ya no está con nosotras, no solo perdemos a una persona, sino que también perdemos una dinámica, perdemos planes a futuro y, en general, una parte de nuestra vida que compartimos con ella.
Y pienso que ponerle nombre a ese dolor puede ser el primer paso para empezar a entenderlo, puede ser el comienzo de procesar lo que sea que haya ocurrido.
La idea que tuve durante mucho tiempo sobre la amistad.
Durante muchos años tuve una idea muy concreta sobre lo que significaba ser una buena amiga.
Pensaba que una amistad verdadera era aquella que lograba durar para siempre.
Y también creía que, si alguien era realmente mi amiga, tenía que aceptarla tal y como era.
Pero creo que esta idea tiene trampa. Con el tiempo descubrí que aceptar a alguien no significa dejar de poner límites.
Tampoco significa dejar de cuidarnos o ignorar eso que nos hace sentir incómodas.
Una relación puede tener cariño y, al mismo tiempo, necesitar límites. Esto en especial me costó mucho aprenderlo.
Puede tener una historia importante y, aun así, necesitar una nueva forma de relacionarse.
Porque las personas cambiamos.
Y cuando las personas cambian, las relaciones también pueden cambiar.
A veces seguimos compartiendo una vida.
A veces encontramos una nueva manera de acompañarnos.
Y a veces nuestros caminos en algún punto se separan.
Eso no significa necesariamente que todo lo que vivimos haya sido falso.
Ni que el cariño nunca haya existido.
Ni que todos esos años hayan sido una pérdida de tiempo.
Simplemente significa que algo cambió.
Y quizá una de las partes más difíciles no sea aceptar que alguien cambió, sino aprender a relacionarnos con esa nueva versión de una persona a la que queremos.Durante muchos años tuve una idea muy concreta sobre lo que significaba ser una buena amiga.
Pensaba que una amistad verdadera era aquella que lograba durar para siempre.
Y también creía que, si alguien era realmente mi amiga, tenía que aceptarla tal y como era.
Pero creo que esta idea tiene trampa. Con el tiempo descubrí que aceptar a alguien no significa dejar de poner límites.
Tampoco significa dejar de cuidarnos o ignorar eso que nos hace sentir incómodas.
Una relación puede tener cariño y, al mismo tiempo, necesitar límites. Esto en especial me costó mucho aprenderlo.
Puede tener una historia importante y, aun así, necesitar una nueva forma de relacionarse.
Porque las personas cambiamos.
Y cuando las personas cambian, las relaciones también pueden cambiar.
A veces seguimos compartiendo una vida.
A veces encontramos una nueva manera de acompañarnos.
Y a veces nuestros caminos en algún punto se separan.
Eso no significa necesariamente que todo lo que vivimos haya sido falso.
Ni que el cariño nunca haya existido.
Ni que todos esos años hayan sido una pérdida de tiempo.
Simplemente significa que algo cambió.
Y quizá una de las partes más difíciles no sea aceptar que alguien cambió, sino aprender a relacionarnos con esa nueva versión de una persona a la que queremos.
Cuando una amistad cambia de forma.
Hay amistades que atraviesan muchas etapas de nuestra vida.
Y cada una de esas etapas puede cambiar la dinámica entre nosotras.
La soltería.
El matrimonio.
Los hijos.
Un cambio de ciudad.
Un nuevo trabajo.
Nuevas responsabilidades.
Nuevas prioridades.
Por lo tanto, las conversaciones cambian.
El tiempo disponible cambia, así como la manera de acompañarnos.
Incluso puede llegar un momento en el que ya no sepamos muy bien cómo estar presentes en una vida que se ha vuelto muy diferente a la nuestra.
Y quizá eso no significa que la amistad haya dejado de existir.
Quizá significa que necesita encontrar otra forma.
Una amistad no necesariamente se fortalece porque todo permanece igual.
Tal vez se fortalece cuando encuentra una forma nueva de coexistir cada vez que nuestras vidas cambian.
Porque así como nosotras, de manera individual, necesitamos tiempo y espacio para evolucionar, pienso que también lo hacen nuestras relaciones.
No todas las amistades tienen que ocupar el mismo lugar.
Mientras escribía este artículo pensaba en que, probablemente, todas tenemos amistades muy diferentes entre sí.
Las amigas con las que hablamos casi todos los días.
Las que pueden pasar meses, o incluso años, sin vernos y, cuando volvemos a encontrarnos, pareciera que nos vimos ayer.
Hay amistades que estuvieron muy presentes durante una etapa muy concreta de nuestra vida.
Y hay otras que, aunque ya no formen parte de nuestro día a día, siguen ocupando un lugar muy especial.
También están esas personas con las que compartimos una parte muy específica de nuestra historia.
La universidad.
Un trabajo.
Una ciudad.
Un proyecto.
Un momento difícil.
O incluso un momento increíble.
Y aunque hoy nuestros caminos sean distintos, cuando pensamos en ellas, podemos recordarlas con cariño.
Quizá el valor de una amistad no está en cuánto se parece a las demás.
Quizá está justo en ese lugar único que ocupa en nuestra vida.
Y quizá también podemos dejar de esperar que todas nuestras relaciones duren igual, que todas se vean igual o que necesiten la misma cercanía para seguir siendo importantes.
Cada amistad tiene su propia historia.
Su propio ritmo.
Su propio espacio.
Su propia forma de acompañarnos.
Y cuando dejamos de compararlas y empezamos a mirar el lugar único que cada una ocupa en nuestra vida, puede aparecer algo muy bonito:
Gratitud.
Gratitud por las personas que llegaron en el momento en que más las necesitábamos.
Por las que nos siguen acompañando.
Por las que nos apoyan en cada una de nuestras locuras.
Y también por las que, aunque hoy ocupen un lugar diferente, dejaron algo de ellas en nuestra vida.
Mirar nuestras relaciones con otros ojos.
Al final, quizás este no sea solamente un tema sobre las amistades.
Porque muchas de las cosas que aprendemos de ellas también se pueden aplicar a otro tipo de relaciones.
Las personas cambian.
Nosotras cambiamos.
Y los vínculos que construimos también pueden transformarse.
A veces el cariño sigue ahí, aunque la relación cambie de forma.
A veces alguien deja de estar presente en nuestra vida, pero sigue teniendo un lugar importante en nuestra historia.
Y a veces una relación termina sin que eso borre todo lo que significó mientras estuvo.
Quizá no se trata de decidir cuáles relaciones deben quedarse y cuáles no.
Ni de ver cuál es más importante que otra.
Quizá se trata solo de observarlas con un poco más de calma.
De recordar lo que significan o lo que significaron en algún momento de nuestra vida.
Y también de agradecerlo.
Porque no todas las relaciones están hechas para durar para siempre.
Algunas cambian.
Algunas toman otra forma.
Algunas terminan.
Y eso no borra lo que fueron.
Tal vez aprender a mirar nuestras relaciones con otros ojos también es aprender a aceptar que nuestras historias cambian... y que eso también está bien.
Nos leemos pronto. ❤️
Ailed