Parar para poder avanzar
Durante mucho tiempo creí que parar era sinónimo de perder el tiempo.
Que el descanso tenía que justificarse.
Que estar a solas solo valía si era productiva.
Con el tiempo me di cuenta de que no es así.
Parar no siempre es una elección que hacemos conscientemente.
Desafortunadamente hay veces que parar ya no es una opción o una elección, se vuelve una necesidad que nuestro propio cuerpo, nuestra mente y nuestras emociones empiezan a pedir cuando llevamos demasiado tiempo ignorándonos a nosotras mismas.
Cuando el cansancio deja de ser solo físico.
Hay momentos en los que el cansancio no se va durmiendo más horas.
No se soluciona con una escapada, ni con distraerse un rato.
Es un cansancio que va más allá.
Es mental.
Es emocional.
Ese que aparece cuando llevamos meses —o años— viviendo en automático, reaccionando a todo lo externo, sin espacio real para escucharnos.
La saturación emocional no aparece de la nada.
Es algo que ya viene acumulándose y que muy probablemente hemos estado ignorando.
Posiblemente lo estés experimentando si:
Últimamente todo te molesta más de lo normal.
Te cuesta disfrutar lo que antes sí disfrutabas.
Tu mente no descansa ni en silencio o incluso cuando duermes.
Tu cuerpo te pide a gritos una pausa, pero tu cabeza te exige seguir.
¿Te suena familiar?
No es una debilidad.
Tampoco hay nada malo contigo.
Es solo una señal de que es necesario voltear a verte y escucharte, pero en serio.
No necesitas huir, a veces solo necesitas volver a ti.
Cuando llegamos a este punto, lo más común es pensar que lo que necesitamos es distraernos:
viajar, cambiar de aires, llenar la agenda con planes divertidos, “desconectar”.
Y a veces funciona.
Pero otras veces no.
Porque hay momentos en los que no necesitamos huir de la vida cotidiana,
sino volver a nosotros mismas, volver a re-conectar.
A veces podemos tener la sensación de que si paramos es porque nos estamos rindiendo.
Pero no, parar es mirar con total honestidad qué está pasando dentro nuestro.
La culpa de parar y descansar.
Una de las cosas que más me costó aprender fue estar a solas sin exigencia.
Sin sentir que tenía que “aprovechar” ese tiempo y ser productiva.
Sin convertir el descanso en otra tarea más.
Vivimos en una cultura en la que mientras más ocupada, más productiva y más cosas hagas, más te reconoce y más “exitosa” eres.
Y cuando menos nos damos cuenta, sentimos la necesidad de justificar la pausa, el descanso.
Nos cuesta entender que parar también es parte de ser productivas.
Por eso muchas sentimos cierta culpa cuando descansamos.
O incomodidad cuando no hacemos nada y no hay un plan o una agenda que seguir.
O ansiedad cuando no hay ruido y movimiento a nuestro alrededor. Cuando simplemente hay calma.
Pero estar a solas y en calma no es aislamiento.
Es presencia.
Y muchas veces, para poder avanzar, hay que aprender a parar, hay que valorar nuestra propia presencia.
La calma no es que todo esté bien.
La calma no significa que no haya días difíciles.
No es ausencia de cansancio, estrés, dudas o frustración.
La calma, muchas veces, es dejar de pelear con lo que es.
Es dejar de exigirnos estar bien todo el tiempo.
Es permitirnos sentir sin corregirnos, ni juzgarnos.
No se trata de romantizar los procesos personales,
sino de transitarlos con más honestidad.
Pasar de lo automático a lo consciente.
Cuando nos permitimos dejar de correr un momento, empezamos a ver con más claridad.
Nos damos cuenta de dónde estamos poniendo nuestra energía.
De qué pensamientos repetimos constantemente.
De qué emociones hemos estado evitando.
La pausa consciente no lo soluciona todo,
pero ordena.
Aclara.
Nos da perspectiva.
Y, sobre todo, nos devuelve a nosotras mismas.
Una pregunta para ti.
No necesitas una respuesta inmediata, pero te invito a que reflexiones.
¿Qué parte de tu vida te está pidiendo que pares y escuches con más atención… y has estado ignorando?
Porque sin consciencia, no hay cambio.
Y aprender a parar, no nos aleja de la vida,
muchas veces es la forma más profunda y honesta de volver a ella.
Te veo en nuestro siguiente blog.
Ailed